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Año 2, número 4

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Medir, Estimar y Diseñar

Cuenta cierta fábula que una vez hubo un rey muy curioso al que se le ocurrió crear el mapa más perfecto de su territorio. Cada vez que los cartógrafos le traían un mapa, el rey enfadado repetía "¡Quiero un mapa más preciso!". Así fue pasando el tiempo y así fueron rodando las cabezas de muchos cartógrafos y de más topógrafos. En cada ocasión el rey exigía mapas más y más grandes, que incluyeran hasta el último detalle de su territorio. El rey nunca fue feliz, y ya a una edad muy avanzada comprendió que el mapa más perfecto de su territorio era, a fin de cuentas, el territorio mismo. Esta es una fábula que se usa a menudo para explicar porqué los modelos de todo tipo, tanto en la ciencia como en el diseño, no son la cosa real: son una representación alternativa y, por definición, menos detallada que la cosa en sí misma. Y es una fábula que encierra un mensaje primordial: la curiosidad por entender las cosas (ya sea un territorio, un producto o una idea) nos lleva a la inescapable y muy antigua tarea de medir las cosas. Sin caer en los excesos del curioso rey, es importante medir las cosas para entenderlas.

Ricardo Sosa  *

En estas épocas medimos todo: el tiempo en años, meses, días, horas; el clima en categorías entre frío o caliente; el dinero en franjas hoy demasiado pronunciadas entre pobres y ricos; en fin, los terremotos, los huracanes, el éxito de una película, las elecciones presidenciales, las poblaciones, los campeonatos de futbol, nuestras redes sociales, todo lo queremos medir, en “gran medida” para entenderlo mejor. Y de manera inconsciente todos medimos el valor de todas las cosas todo el tiempo.

Las mediciones de valor son a veces muy exactas y muy constantes: la unidad de metro lineal es un acuerdo colectivo (tan arbitrario como cualquier unidad) que se respeta en cualquier país civilizado. Otras mediciones son también muy precisas pero altamente fluctuantes: el valor del euro frente al dólar es una imposición altamente autoritaria que debemos rastrear a diario. Otras mediciones comienzan a ser menos exactas, como el valor de un par de zapatos. Hay un valor que define el precio, y este obedece a factores agregados de demanda: el lugar donde se compra, la deseabilidad de la marca, los mensajes en la publicidad, los materiales y la calidad, etc. Este valor actúa para el sujeto y en el momento de compra y tiene una dimensión colectiva: ese par de zapatos cuesta lo mismo para todos en ese lugar y momento. Hay otros valores menos obvios que llegan a tener un campo de acción más sutil y un público más amplio al menos potencialmente; este valor define lo que podríamos llamar la deseabilidad de esos zapatos, y es un valor más segmentado: ese par de zapatos comunica muy distintos mensajes a distintos grupos de personas, quienes los aprecian desde una perspectiva grupal. De hecho, uno se va asociando a sus grupos en función de estos juicios compartidos. Finalmente existe el valor de un par de zapatos que es meramente personal-histórico, ya que define historias de relación entre la persona y los zapatos a lo largo del tiempo. El muy mexicano zapatito del niño colgado del espejo retrovisor es el mejor signo de este valor. Tim Harford tiene buenas propuestas sobre cómo medir y estimar el valor de todas las decisiones en nuestra vida diaria (http://timharford.com/logicoflife/).

Curiosamente, en el diseño a menudo despreciamos el valor de medir las cosas. Es cierto que se usa desde hace mucho el flexómetro y más recientemente el pixel y el dpi como unidades elementales, pero la metrología, el álgebra, la estadística siguen siendo territorios altamente ignorados por los diseñadores. Ya no hablemos de las técnicas cualitativas para estimar cosas más subjetivas y efímeras; la ignorancia de las matemáticas básicas le impide al diseñador fundamentar sus decisiones tanto en lo preciso como en las ciencias de lo impreciso que bien caracterizó Abraham Moles.

Sin exagerar, sin reducir a un número, sin obsesionarnos con mapas cada vez más precisos, medir las cosas y las ideas nos permite conocerlas, compararlas, evaluarlas, discutirlas. Por ejemplo, Dean K. Simonton luego de décadas de estudiar los patrones que hay detrás de la autoría, la dictaminación y el reconocimiento de ideas en diferentes disciplinas, propone en su libro “Creativity in Science” (Cambridge University Press, 2004) la siguiente fórmula que explica las probabilidades de que un autor genere contribuciones de alto reconocimiento en su campo: Hi = ρTi + ui, en donde Hi es el número de ideas de un autor que llegan a cambiar el paradigma de su disciplina, ρ es una variable temporal propia de la disciplina que refleja la probabilidad de que un paradigma sea transformado, Ti es la productividad total de ideas del autor, y ui es una variable aleatoria independiente de Ti pero con una distribución similar. Esta simple fórmula encierra una consecuencia fundamental: “aquellos científicos que producen las ideas mejor valoradas por los demás miembros de su disciplina, son también quienes tienden a producir el mayor número de ideas que son ignoradas o criticadas por sus colegas” (p. 51). Siguiendo esta línea de pensamiento, Simonton define a lo largo de este libro las siguientes cuatro variables clave para medir y para entender la creatividad: la suerte, el conocimiento, el talento y el ‘clima colectivo’ de la sociedad.

El diseño profesional, el de contratos con empresas, el de licitaciones, el de concursos internacionales, el de creación de soluciones de alto impacto en el empleo y en la economía, el de refuerzo de identidades y proyección de tradiciones hacia el futuro, es decir, el “diseño serio” necesita de diseñadores que midan, que estimen sus ideas y que dejen de echar al mundo ocurrencias y caprichos estéticos que bien pueden verse lindos en revistas y en exposiciones, pero que continúan anclando al diseño en la esfera de los oficios y le impiden formarse como una profesión de las que harán un cambio en el siglo XXI.

Doctor en Diseño y Cómputo (Design Computing) por la Universidad de Sydney, Australia (2000-2005). Diseñador Industrial de la Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco (1991-1996). Es profesor investigador en el Tecnológico de Monterrey y director académico del departamento de diseño en campus Querétaro. Desde 2008 es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI -C). Recibió en mayo 2009 el reconocimiento al mejor profesor de generación de la División de Ingeniería y Arquitectura y en mayo 2010 el reconocimiento al mejor profesor de posgrados. Ha sido profesor invitado de la Universidad de Cuenca y la Universidad del Azuay en Cuenca, Ecuador. Ha impartido clases en la Universidad de Sydney Australia y en la Universidad Nacional de Singapur. Ha publicado diversas ponencias en congresos internacionales arbitrados y artículos de investigación científica en publicaciones internacionales. Es dictaminador de ponencias y artículos de investigación.

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